Casa.

Alex todavía se ríe cuando le digo “vámonos a casa”.
Y es que para mí es tan natural llamarla así, ahora mi casa es la autocaravana.
Este concepto implica muchas cosas: un lugar al que siempre me gusta llegar, donde hay gente a la que quiero, en el que me siento segura para ser feliz. Un lugar que es parte de mí, pero que tiene aún muchas partes por llenar.
Nuestra Muji es ese lugar. 

Uno de nuestros primeros viajes

Esta casa ha visto pasar por su puerta personas bellísimas y otras desconocidas. Ha dado consuelo en los peores días y llenado de risas alguno de los mejores. Ha acogido a extranjeros llevándolos a su destino y ha visto cómo amigos planeaban el suyo.
Ha sido la confirmación para mi familia de que esto, el viaje, mi vida, iba en serio.
Ha hecho que descubriera la convivencia.
Una intensa, hermosa y visceral convivencia, que te arranca la intimidad y la pone sobre la mesa, para que el otro la acoja entre sus manos y te la devuelva. Esta casa ha sido testigo de mis muchos enamoramientos y del descubrimiento de fantasías de otros que jugaron a ser mías.

Son muchas las personas que han hecho que estas paredes de metal y madera se conviertan en mi hogar y me gustaría dedicarles un huequito aquí:

La hemos hecho nuestra.
He cosido cada bolsa, cojín y cortina que hay en ella (gracias siempre mami por tu ayuda con la tapicería). Cada plato, guirnalda o vela tiene su significado, bien por quién nos lo regaló, bien porque cuando vives en 5 metros cuadrados eliges muy bien qué cosas llevar. La hemos pintado entera de blanco (gracias Lau!) y puesto un espejo porque dicen en los cientos de consejos que he leído que da más amplitud. Hemos roto ese espejo el primer día y lo hemos llenado de fotos para intentar arreglarlo.
Hemos aislado el techo y el suelo y ¡oh si! hemos aprendido a poner un suelo (¡si no lo ves de cerca queda perfecto!) Hemos cambiado la distribución, todas las puertas y los grifos, sacado y metido cientos de cosas más veces de las que quiero recordar.

No siempre es fácil vivir en un espacio tan pequeño, se ordena y desordena con la misma facilidad. Puedes sentarte a comer y desde el mismo sitio coger agua, poner el lavavajillas y alcanzar un libro. Pero también tienes que bajar en medio de la noche al servicio y el culo se te queda frío. Tiene sus cosas, como todas las casas.
A mi personalmente me encantan los desayunos, preparar el café mientras se va calentando la casa; abrir la persiana y descubrir que el sitio en el que aparcamos por la noche tiene unas vistas geniales (aunque a veces lo único que ves es el coche del vecino porque estamos en un parking…); poner los manteles, las tazas, sacar la fruta de su hamaca y (no lo puedo evitar) decir: «a desayunaaaar»

La cocina
Foto de Carmen Soraluce del «comedor»

Esta casa ha recibido más de lo que creía, por personas que daban sin saber.
Ha visto cómo se forjaban amistades, se entrelazaban futuros y se despedían algunos.

A veces las vistas son así de bonitas.

Y ahora estoy escribiendo esto, desde Italia, mientras tengo delante las flores que he recogido esta mañana y el mar me mira desde la ventana.

No se me ocurre nada más que le pueda faltar para llamarla hogar.

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